Levanta la cabeza mientras ve la grada repleta frente a él. El partido lo sufre callado como si nadie más entendiera. Todo parece eterno, hasta que esa pelota recorre el área de un lado a otro, antes de acabar los noventa minutos en silencio. Y es entonces cuando el grito sale furioso de él y siente como si su voz fuese la única en el estadio y que nadie pudiera detenerlo en su desatada carrera hacia la portería. Finalmente encuentra una posibilidad de chutar el balón y así poder saborear su victoria personal.
Esther Amate Padilla
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